DESREGULACIÓN: El crecimiento del Gobierno, del Estado, la extensión de la «mano pública», no es, como pareció en un tiempo, una tendencia unilineal irreversible. Sin duda han sido poderosos los impulsos que han llevado al Estado, desde su originaria función de custodio del orden interno y de la defensa externa, con su inevitable acompañamiento fiscal, a asumir funciones económicas y sociales crecientes. Pero desde los años setenta se han puesto en acción contra-impulsos orientados a reducir el rol del Estado como proveedor de servicios sociales y productor económico, así como a atenuar su rol normativo de la actividad privada. En esto último consiste la desregulación. La «sobrecarga de los gobiernos» (Rose, 1988), consecuencia entre otros factores de la «revolución de las expectativas crecientes» y de la «revolución de las competencias crecientes» ha planteado en términos dramáticos la cuestión del rendimiento de los gobiernos: la dificultad para proveer prestaciones a costos aceptables, ya sea en términos económico-financieros (erogaciones superiores a las recaudaciones), ya sea en términos operativos (ineficiencia/ineficacia); y la dificultad para controlar y guiar los enormes aparatos burocráticos creados para afrontar compromisos tan amplios de intervención en ramas tan diversas de la vida individual y colectiva. Lo que aún está por verse es si las nuevas recetas puestas en marcha a partir de la revolución neo-conservadora resuelven tales problemas o simplemente los suprimen generando otros tanto o más graves. La experiencia vivida permite plantear severos cuestionamientos a los nuevos enfoques, incluso en sus aspectos centrales, como el crecimiento económico. (D. Fisichella -1990)


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